miércoles, 25 de febrero de 2009

Charros, senadores y diputados vs Gangsters: Orol asalta la Cámara

Quiero expresar a usted, el posible lector, mi más absoluta indignación y asco en contra de nuestros politiquetes.

Rayan en un cinismo y desvergüenza sin igual las declaraciones de Ricardo Monreal, y se suman a lo que, de hecho, está ocurriendo con los integrantes del senado (y no dude usted, con los diputados por igual).

Y denota la total falta de congruencia de estos pseudo políticos para con las responsabilidades que les han sido conferidas. En lugar de utilizar las armas del Estado, en lugar de legislar una radical transformación de las instituciones encargadas de aplicar la ley, y de esa manera evitar la impunidad del crimen, estos aspirantes a charritos, con las cananas cruzadas sobre el pecho, quieren pistolas para su protección.

El hecho de argumentar un incremento en la violencia para solicitar portar armas, evidencía la total ineficacia de las leyes que, en su momento, estos mismos individuos han aprobado, y celebrado como medidas eficaces en contra del crimen organizado. A ver quien les cree cuando digan que realizan el mayor esfuerzo para el bien del país.

Resulta que en este preciso momento, los integrantes de las instituciones dinamitan los fundamentos que sostienen el precario armazón del Estado. Y no es exagerado, ya que una de las premisas fundamentales que dan razón de ser al Estado es la de proteger a sus ciudadanos.

El mensaje que envían es, como en esos westerns tan hollywoodenses, "Bienvenido a (ponga usted el nombre que quiera), ciudad sin ley".

Más aún, el mensaje que mandan es que sus propias acciones no pueden hacer nada en contra de la violencia y los criminales, y que, de ahora en adelante, todo ciudadano está por su cuenta para defenderse.

¿Para eso cobran?

viernes, 13 de febrero de 2009

La banalidad como firma de nuestra época

Mujer pierde en accidente las uñas más largas del mundo



La mujer que tenía registrado el récord de las uñas más largas del mundo perdió el atributo físico y la marca en un accidente vial


La mujer que tenía registrado el récord de las uñas más largas del mundo perdió el atributo físico y la marca en un accidente vial.
Lee Redmond, de Salt Lake City, Utah, sufrió heridas graves pero sin riesgo de muerte en el accidente ocurrido el martes.
Las uñas de Redmond, sin cortarse desde 1979, se rompieron en el percance. Según el sitio de internet del Libro de Récords Mundiales Guinness, las uñas medían alrededor de 76 centímetros (28 pulgadas) en el 2008.
El subcomisario del condado de Salt Lake, Don Hutson, dijo que Redmond salió disparada de una camioneta en el accidente y fue llevada a un hospital en condición grave.
Redmond ha aparecido en episodios de los programas televisivos ``Guinness Book of World Records`` y ``Ripley`s Believe It or Not``.


El Universal, 13/2/09



Algo me llama la atención al leer esta nota. Algo me incomoda.


¿Es una desgracia? A primera vista, podemos decir que sí. Esta mujer dedicó 30 años a dejar crecer sus uñas. 30 años de la vida de uno no son cosa de recuperar fácilmente.


Al pensar en todo lo que tuvo que dejar de hacer, los cuidados, la inversión para cuidar sus uñas, todo lo que hizo para llegar y perderlo todo en un accidente vial. Todo fue borrado.


Pero bien visto, ¿en qué le beneficiaba al resto de nosotros que tuviera las uñas largas?


No es un asunto baladí, porque no debemos perder de vista que el tejido social se nutre de las interacciones que se dan entre los seres que integramos el conjunto humano.


Así que, repito, ¿de qué servía al resto de la sociedad que esta mujer tuviera las uñas más largas del mundo?



Más aún, al revisar la mayor parte de los récords que están inscritos en la página web de Guiness, uno no puede sino preguntarse si los seres humanos tienen demasiado tiempo libre, o mucho menos inteligencia de la que podría esperarse.


O díganme de qué carajos sirve tener el cuerpo cubierto por tinta completamente. Es cierto, un hombre tiene el record por el tatuaje más extenso del mundo, al cubrir la totalidad de su piel con tinta negra, y sobre esa tinta está haciéndose tatuar más diseños con tinta blanca. ¿Para qué?



Hablo de la utilidad de una empresa, como si fuera posible medir objetivamente todo hecho que se produce en la sociedad. Es entendible que no todas nuestras actividades deben de tener un efecto cuantificable en el entorno.


Pero tampoco podemos dejar de lado el cuestionar la validez, mejor dicho, de ciertas actividades que se consideran excepcionales, dotadas de un aura de exclusividad que reviste a quien la realiza de un cierto tipo de prestigio.


¿Es válido que esta mujer, con las uñas más largas del mundo, haya renunciado a una vida activa dentro de su entorno? Por que no se puede dudar que la mujer en cuestión dejó de hacer muchas cosas (acariciar y abrazar, por no decir hacer el amor con ella, debieron ser retos para la paciencia y el cuidado).


¿Será que hemos llegado a un periodo desprovisto de significados?


¿Estamos ante una época que despojó a los seres humanos de identidades, hasta el grado de orillarlos a buscar, de cualquier manera, sobresalir del resto, no ser un mero número perdido entre la masa?


¿Y en qué clase de actividades se quiere destacar? Es obvio que las épocas en que el esfuerzo y el trabajo lograban que las personas sobresalieran, han quedado atrás. Ya no quedan tierras por descubrir, ni empresas consideradas imposibles. También es cierto que no todos estamos llamados a ser los colonos de esa nueva frontera que es el espacio.


El signo ahora es la banalidad. Si ya no es posible alcanzar renombre escalando las cimas más altas del mundo, o descubrir nuevos territorios, si no es posible, tampoco, llegar a la nueva frontera que es el espacio, ¿qué es lo que queda para llegar a ser "alguien"?

En lugar de escalar montañas, se come hasta el punto de una congestión. Mientras que en otros lugares del planeta la gente no come porque simplemente no hay que comer.

O se elige ser la persona con el pelo más largo, con mayor número de perforaciones en el cuerpo, la lengua más larga, arrastrar al mayor número de camiones, o cualquier otra idiotez que en buena medida se le pueda ocurrir al ser humano. Es cierto, no necesariamente las actividades humanas pueden ser cuantificadas y añadidas al registro de un improbable "progreso". Pero lo es también que existen ciertos indicios que nos permiten afirmar que se añade algo a lo que conocemos como "cultura", con nuestros actos.

En cada uno de ellos, se encuentra el potencial de hacer del mundo un lugar más habitable, menos obscuro. Todos tenemos el potencial de llevar a cabo una acción que, probablemente, no nos saque del anonimato. Pero esta época impone, como ya he dicho, la banalidad como signo, como una manera de exclusividad y "prestigio". Un poco como la historia del yogui que no tenía el peaje para atravesar en barca un río, y decidió caminar sobre el agua; al enterarse, un gran maestro comentaba que el milagro no valía más que el costo del peaje. Es decir, la acción de este yogui, por más increíble y fantástica que pueda parecer, no tenía en realidad ningún significado, puesto que no contribuyó a nada, a favor del mismo yogui o de sus semejantes.

Así, es lo mismo que sucede con los récords idiotas que pululan a cada instante.



martes, 3 de febrero de 2009

El sonido de la desolación

Está atento a los ruidos de la casa.
Ahora son distintos. No queda mucho del ruido anterior.
Cuando la casa estaba habitada, y la presencia de Madre se dejaba sentir en todos los cuartos.
Ahora es como si la casa misma enmudeciera.
Algunas tuberías rechinan, el tiempo y la humedad están cobrando su cuota.
Las paredes truenan, como si los huesos ya empezaran a mostrar signos de debilidad.
Entre las cosas parece que la corrupción y la decadencia cayera sin misericordia.
Pero se esfuerza por escuchar.
Nada lo distrae, nada desde que sus hermanos no están.
Ya no puede oírse la radio, con el volumen elevado. Ni la tele con las novelas preferidad de Madre.
Algunos maullidos, pero casi siempre la casa está oscura.
Y él no puede evitar preguntarse, si la casa guarda entre sus paredes los ecos de años más felices.