viernes, 9 de enero de 2009

Viernes de lo extraviado

"La decisiva imagen es de Juan Rulfo: un camino que al no tener lados representa una dirección antes que un trayecto, y un trayecto que a su vez abarca todo lo que en él se recorra, aunque esté próximo o sea lejano. Arrieros somos y en los caminos sin orillas andamos."
Fernando Solana, Camino sin orillas, Milenio Diario 9/1/2009


Al leer la columna de Fernando, uno no puede dejar de percatarse que, si bien la mentalidad contemporánea insiste en la unidimensionalidad del pensamiento, en el que todo debe cumplir una función, y nada debe de ser superfluo o inútil (desde un punto de vista funcionalista y materialista), el transitar un camino como el descrito líneas arriba conlleva una aceptación de cosas, manifestaciones de uno mismo, que no siempre son agradables.
Clarifico: todos, sin excepción, estamos marcados por un "molde", la esencia de lo humano. Dentro de este molde se recortan nuestras más secretas ambiciones y anhelos.
Que han sido los mismos, a lo largo de las épocas, no variamos. Podría pensarse que estamos destinados, fatalmente, a repetirnos una y otra vez.
Pero las configuraciones personales, los puntos de vista de cada uno de nosotros, puestos en circunstancias, épocas y espacios propios, hacen de cada uno de estos recorridos algo irrepetible.
Nada nuevo se ha dicho hasta el momento.
Me encuentro a mí mismo en una encrucijada, de la cual intuyo, más no estoy seguro, cual puede ser el siguiente paso en el recorrido.
En esta encrucijada, mis anhelos, mis convicciones, mis pasiones, se han puesto en entredicho, en juego. Aún no sé cuales resistirán, y cuales otras no son más que ensoñaciones.
Mis sentimientos también están fluctuando, de una resignación amarga (pero resignación al fin y al cabo), a un desencanto completo.
Entre las etapas intermedias se encuentran toda la gama de emociones: alegría, tristeza, rabia, odio. Y es esto lo que me lleva a interrogar, a cuestionar si es válido el sentimiento, como parte del camino.
El odio, la rabia, son sentimientos que ya he experimentado antes. Y sin embargo, nunca tan potencializados como ahora. Es cuando quiero gritar, y que en mi grito todo se disuelva.
Pero, si algo he aprendido, es que no hay absolutos en el camino.
Sólo hay camino.
Y en esta parte, en este momento de mi recorrido, me toca experimentar este odio.
Me digo que no he perdido más que cualquier otro hombre o mujer. Que todos experimentamos esta orfandad.
Pero es una mentira.
Nadie conoció a la persona que fue mi madre, no como yo la conocí. Por eso fue mi madre, la de nadie más; incluso distinta a la persona que conocieron mis propios hermanos.
Cada uno de nosotros guarda una imagen distinta, y a la vez tan común para nosotros.
Nadie más conoció esa mezcla de facetas, nadie las experimentó.
Pero ya no lo es más.
Vivir es un tránsito, un recorrido, que conlleva la noción de un principio y un final. Eso es vivir, por tanto, es errónea también la noción de que los que mueren siguen viviendo el recuerdo.
En la memoria quedan registradas las decisiones de las personas y sus consecuencias. Pero ya no hay más elecciones, ni más errores o aciertos.
Una vez que cesa el aliento, el conjunto de todas esas acciones se ha perdido. Por lo menos la mayor parte, porque no alcanzamos a conocer completamente lo que las personas fueron, lo que hicieron para llegar a ser quienes eran.
Es por eso que sí he perdido algo que nadie más ha perdido, o volverá a perder. No sé si mi madre vivirá a través de mí.
Quiero pensar que una parte de ella, la mejor que tengo en mí, guiará mis pasos.
Pero no me engaño: algo se ha perdido en las vueltas del camino, por más que no era mío, y me cuesta mucho devolverlo.

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