miércoles, 8 de octubre de 2008

Cosas entrañables

Comezó a recordar las muchas cosas que ya no haría, de ahora en adelante; entre muchas otras:

El resplandor de madre por las mañanas.



Desayunar con ella hot cakes los domingos.



La luz entrando por la ventana del desyunador, el que estaba en casa del padre, la casa original donde nacieron.



Su risa, cuando había logrado su objetivo: hacerme perder la paciencia.





Una mañana que amanecí en el pequeño estudio donde estaban mis libros.



Juguetes que tuve y que después perdí: un ejemplo serían los boxeadores que jamás he vuelto a ver ni siquiera en las cosas desechadas.



Que Madre maquillara mi rostro exageradamente y después bromeara todo el día.

La higuera en casa de padre, y las tardes que el loro de la familia se subía a lo más alto del árbol para atiborrarse de higos, mientras maldecía de cuando en cuando.

Reunirse en torno a la mesa de la cocina, y pasar la tarde platicando de cosas simples, hasta provocar una de dos cosas: o bien una carcajada ininterrumpida, o el enojo explosivo de Madre.

Deslizarse por la calle, en el carrito que no giraba, iba siempre en línea recta, impulsado por el desaforado esfuerzo de sus piernas.

Las vacaciones que pasaron en un rancho, poco después de la muerte de su padre. Y algún otro viaje que hicieron a la playa.

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