viernes, 15 de agosto de 2008

Retrato del dialéctico

Dilapidó sus dones naturales, que eran muy grandes, en muchas empresas quiméricas y no obtuvo nada en cambio. Chuang Tzu.

CARTOGRAFÍA

Pa la Marfila
Por ella:
La que con ceniza teje un hogar y cubre la desnudez de tu alma.
La que te enseñó, no a mirar en tu sombra, sino a respirar en ella.
La que con voz de gato rasga tu velo.

Para ella:
Fundas un nuevo orden,
Un Año Nuevo todos los días;
Emergen continentes de tu boca,
Y vuelves a los abismos de blancura.

Con ella:
Manipulas las palabras, mutándolas en noche;
Desatas tormentas y echas por la borda
Las anclas buscando nuevos mares.

Por ella:
Escribirás de nuevo los mapas,
Y las ciudades mostrarán
Las secretas cosas que guardas del mundo en tu pecho.

Por qué se escribe

Se me ocurre persistir en la escritura.
Quizá porque no tengo nada más, porque dilapidé mis oportunidades de llevar una vida normal, porque nunca he querido ser normal.
¿Es válido porfiar tanto en la realización de una idea?
¿Y qué busca uno con ella?
Alguien me sugirió que busco reconocimiento en mi escritura. Que busco una validación de las demás personas por lo que hago, por lo que escribo.
En mi caso, el reconocimiento es algo tangencial. Es decir, no es el objetivo principal de mi escritura.
Como dijo José Emilio Pacheco, en nuestros primeros intentos queremos que se nos reconozca, se nos alabe, se publique y, si es posible, que se nos pague.
Escribir es un acto de sobrevivencia, para mí en lo personal; escribir fue la forma en que pude sacar, no sé si parcialmente, la tristeza y la angustia que me permeaban.
Escribir es una manera de conectar mi experiencia interna, mi vivencia del mundo y lo que en él me ha tocado en suerte conocer. El poema, es el puente que permite objetivar en una hoja de papel mi subjetividad. (Pero también, al escribir aquí, debería decir que el puente conecta dos ámbitos virtuales: el espacio de mi subjetividad y el espacio de la red, intangibles presencias que operan en el mundo).
Que se me reconozca o no, carece de importancia. Que sería algo deseable, y quizá anhelado, tengo que admitirlo. Pero el reconocimiento, como ya dije, es algo tangencial; lo que queda al escribir es un testimonio de mi paso por el mundo.
Y cuántos testimonios de esta naturaleza no se han extraviado en el tiempo.

miércoles, 13 de agosto de 2008

Homenajes I

Para Fernando Solana, invariablemente

Pierde y gana el paraíso
Pende del lazo de una araña

Notre-Dame, al centro, envuelve la luz
En hilos como filo de cristales.


Llora lento sus frutos un árbol de higos,
En otras eras.
Margules, al centro del tiempo, escenario en mano,
Reverencia a su noche y de repente: “buenos días”, en cualquier otra parte.

Kelly pinta un cuadro, con dedos ebrios de luz:
“Solana guarda al sol entre sus Olivares,
Y el Buda ríe aceitunas de oro:
Disuelve este páramo yermo.”

Todo es dukha, repites entre dientes

No nos conocíamos
Sólo tres días bastaron
Y anudamos de nuevo el diálogo de siempre.

Yourcenar es una patria inmensa, donde aprendo a balbucear.
Apareció mientras buscaba al padre.


Entre las brumas del camino,
Acaso pude ver el rostro de la amistad.

Homenajes: Basho, el viaje hacia todos y ninguno de los lugares

Te enfrentas a la narración de parajes que, quizá, ya estén perdidos para siempre.
Entre las líneas que te hablan de los santuarios, de los lagos, de los personajes del Japón ancestral, vivo y detenido en el blanco de la página, se encuentran los atisbos de la fugaz belleza del haikú.
Sólo puedo decir, por lo pronto, que mi sombrero ha caído de mi cabeza, mi boca permanece abierta, no puedo reponerme aún de la sorpresa. Como César, lloro por todo el tiempo que no tendré para mejorar mi escritura.